La desconfianza en el aprendizaje

“La moral taoísta presupone que las personas que desconfían de sí mismas y de los demás están condenadas a la destrucción” – Alan Watts.

Las frases que hacen alusión a la filosofía oriental suelen ser consideradas como enigmáticas y crípticas, y bien esta podría no ser la excepción. Digo “podría” porque si dedicamos un momento a meditar sobre la relación entre la desconfianza y destrucción de uno mismo, esta se vuelve bastante evidente.

Quizás esta frase necesite unos párrafos más de explicación, así que vamos por partes.

La primera parte habla de la desconfianza en uno mismo. Supongo que sabes a qué se refiere; que no importando tu nacionalidad, género o edad has dudado de tus acciones y decisiones. Quizás hasta has considerado si tus dudas son correctas o no, lo que se podría entender como una desconfianza en tu desconfianza.

¿Has sentido la paz mental que esta provoca? ¿No? La razón es que la desconfianza en uno mismo es la ausencia de paz mental. Eso es al menos lo que entiendo por “destrucción”.

La segunda parte habla de la desconfianza hacia los demás. Un ejemplo podría ser la desconfianza en que una persona tome la decisión “correcta”. ¿Qué hacer en estos casos… honestamente? Intentar convencer, manipular, en resumen, controlar que la decisión sea la que esperamos. Esa es la consecuencia inevitable de una desconfianza hacia los demás: el control.

El problema con el control es que requiere una enorme cantidad de energía dirigida hacia el exterior, en este caso una persona. Energía que con el tiempo se acumula, se hace insostenible y, seamos sinceros, solo se cree necesaria a la luz de la desconfianza.

¡Imperios han caído por su afán de controlar!

El objeto del control pueden haber sido vastos territorios o maquinarias de producción de riqueza, pero todo finalmente se resume en una burocracia que no se pudo sostener a sí misma.

El control de una persona por parte de otra puede no tener la magnitud de drama de la caída de un imperio, pero tampoco es una fuente de paz mental. Al contrario.

Cuando observamos los sistemas de educación tradicional esparcidos por el mundo que, salvo algunas diferencias, son prácticamente los mismos, podemos ver que en sus cimientos se encuentra una profunda desconfianza hacia las personas que dice servir. Desconfianza que se traduce en el intento de control.

Desde las rejas que no solo mantienen a personas ajenas fuera de la escuela sino también a los estudiantes en su interior; un sistema de premios y castigos en la forma de exámenes; certificados que permiten trabajar o acceder a la educación superior, y otros. Todos estos son métodos de control.

Si estos métodos funcionan depende de las circunstancias que definen a una sociedad en particular. Pero lo que se puede observar es que con el tiempo la tensión entre la voluntad de los estudiantes y lo que se espera de ellos, lo que sirve de justificación para el control, ha aumentado.

Hace cuarenta o cincuenta años la escuela era una de las pocas fuentes de conocimientos para las personas. Pero hoy nos encontramos con una realidad distinta; y es que todo lo que la escuela busca enseñar, se puede aprender fuera de sus paredes. Pero no todo lo que se puede aprender fuera de la escuela, se puede aprender dentro de esta. La cantidad de conocimientos disponibles permiten que una persona pueda elegir cuáles son importantes, escenario que hace cuarenta años era impensado.

A medida que aumenten las fuentes de educación es de esperar que las personas tengan una mayor capacidad para cuestionar y decidir qué es importante aprender. Lamentablemente es de esperar también que la tensión con la educación escolar aumente. Si aumenta la tensión, también lo hará el control. He visto escuelas con cámaras de seguridad y guardias en los pasillos y estacionamiento. Quizás esto en muchos países aún no sea la norma, pero no es una locura pensar que algún día lo sea.

Si, como dicen las palabras de Alan Watts, la desconfianza en los demás condena a la destrucción, no quisiera que ese fuera el destino de la escuela como la conocemos. Esta tiene sus virtudes y defectos y, aunque no es lo que elegiría para mis futuros hijos, al menos, por supuesto, que estos la eligieran para sí mismos, para muchas otras familias sí es una alternativa.

Lo cierto es que la institución escolar tiene razones para desconfiar. Probablemente los estudiantes tienen una idea distinta de qué necesitan o les interesa aprender, o al menos de qué hacer con su tiempo. Aún así puede tomar el camino contrario: puede confiar.

Puede confiar en que las personas obtendrán una educación. No porque al frente de estas se encuentre un examen que contestar, sino porque todo lo que nos impulsa a aprender, la curiosidad, pasión y sentido de propósito, entre otros, son parte de nuestra naturaleza. Es lo que nos hace humanos.

El camino no es controlar el aprendizaje. Al contrario, es facilitar o, como he escrito anteriormente, dejar de forzar la educación. Podemos dar un paso a la vez o esperar que el peso de las circunstancias nos impulse a correr torpemente, lo único seguro es que es un camino que se deberá recorrer.